Aquel día de verano era profundamente aburrido para Mérida. Quizás la gran aventura del año pasado la había malacostumbrado, pero no podía echarse atrás, pues la relación con su madre había mejorado notablemente. Sin embargo, aquella paz le dejó un profundo vacío.

Quizás por eso le gustaba explorar nuevas partes de su reino, pero todo lo que encontraba era monotonía. Lo único rescatable era poder alardear de ser la mejor arquera de todo el reino, algo que incluso los más experimentados verificaban. Pero ese día todo era demasiado tranquilo, y a Mérida no le gustaba estar ociosa. Lo que más odiaba era que su séquito la siguiera a todas partes —probablemente una orden de su madre para mantenerla "segura"—, a sabiendas de que ella podía defenderse sola. Trataba de no darle importancia.

Para entretenerse, Mérida organizaba competencias entre sus guardias para ver quién podía superarla con el arco. Sabía que era la mejor de todos y que no había nadie por encima de ella. Quizás por eso sus hombres habían dejado de participar: conocían lo obvio.

Ahora, el aburrimiento la envolvía por completo y, quizás por ello, decidió cabalgar sola por la zona para ver si encontraba algo interesante en aquella parte del reino. Pero si había tenido un día aburrido en el campamento, en la naturaleza sería mucho peor.

Entre montañas, ríos y algunos lagos, Mérida se maravillaba una vez más con la belleza de su reino, pero no era suficiente. Al llegar a un claro, se bajó de su caballo, se acostó en el suelo y gritó a los cuatro vientos:

—¡ME ABURRO! —

Un ruido en el bosque la puso en alerta. ¡Por fin su día se pondría interesante! Cuando se preparaba para coger su arco y sus flechas, de los arbustos salió un joven adolescente, cargado con instrumentos de arquería.

—Buenos días — dijo.

—¿Quién eres? — preguntó Mérida.

—Solo un joven arquero de las cercanías — respondió él.

—¿Tu nombre? — insistió Mérida, tratando de localizar su arco.

—Sagi —respondió primero—. Y tu arco no está en la espalda, está en el suelo — añadió.

Mérida miró al suelo y, efectivamente, su arco y sus flechas yacían allí. Aquello la dejaba en una posición muy vulnerable, mientras el joven le devolvía una sonrisa serena.

—Aun así puedo contigo — enfatizó Mérida, adoptando una posición de pelea.

—Si quisiera matarte, ya lo habría hecho —replicó Sagi con calma—. Pero, ¿qué ganaría con eso? —

—Presumir de haber matado a una princesa — respondió Mérida, aún en guardia.

—Solo eso —dijo Sagi, como si no le importara—. Yo pensé que sería algo más significativo. No creo que eso me traiga nada bueno. —

—Entonces no planeas matarme. —

—¿Para qué? —preguntó Sagi—. Una muerte sin sentido no trae nada bueno. —

—No podría decirlo mejor — dijo Mérida, relajando su postura.

—Pero si tanto te preocupa, te aseguro que no te haré nada. Es más, podemos practicar juntos.  -

—Está bien, pero te aviso: soy la mejor arquera de todo el reino. —

Sagi no contestó. Colocó sus materiales en el suelo y, con la ayuda de Mérida, preparó todo para la competencia improvisada. La pelirroja estaba segura de que sería fácil y de que ganaría, así que se lo tomó a la ligera. Por su parte, el chico permanecía en silencio mientras se alistaba. Cuando terminó, Mérida anunció:

—Voy primero. —

—Desde luego — respondió Sagi.

Mérida sacó una flecha, la tensó bien en su arco y, al disparar, dio en el blanco. La alegría invadió su rostro. Sagi hizo lo mismo y, al igual que Mérida, acertó. La precisión del joven impresionó a la princesa.

—Nada mal — dijo Mérida, a modo de halago.

—Gracias, princesa — respondió Sagi.

—Pero observa y aprende — declaró Mérida con aire de superioridad. Sacó otra flecha, la preparó y disparó, dando en el blanco justo al lado de su anterior flecha. Sagi no parecía impresionado. Se preparó para disparar de nuevo y volvió a acertar.

—Vaya, eres bueno —reconoció Mérida—. Pero yo soy la mejor — recalcó, tomando dos flechas y preparándose nuevamente. Lanzó ambas flechas, que dieron en el blanco una vez más, lo que la hizo celebrar su éxito. Sin embargo, el chico parecía poco interesado en el logro de Mérida. Ni siquiera se inmutó ante una hazaña que para cualquier arquero era extremadamente difícil. Simplemente se acercó al blanco y retiró las flechas.

—Se nota que eres una profesional — comentó Sagi con humildad.

—¿Profesional? ¿Qué es eso? — preguntó Mérida, desconcertada.

—Que eres muy buena con el arco —respondió Sagi, entregándole sus flechas—. Pero lo que verdaderamente te haría la mejor es la humildad — añadió, tomando tres de sus propias flechas.

Mérida intentó advertirle que eso era imposible; ni siquiera ella había logrado ese tiro. Pero Sagi estaba tranquilo y sin preocupaciones. Disparó, y las tres flechas viajaron como si fueran una sola. Al impactar en el blanco, se clavaron en la superficie del árbol con perfecta precisión.

Mérida estaba estupefacta. Alguien había logrado un triple tiro con esa maestría. Recordó entonces que ella también podía hacerlo. Pero cuando iba a preparar una flecha, esta pasó rozando su costado y se dirigió hacia Sagi, quien la esquivó con elegancia. Aquello le dio tiempo a Mérida para ponerse nuevamente en guardia. El chico hizo lo mismo.

—¿No te da pena quitar una vida? — preguntó Mérida.

—Preferiría no hacerlo, pero si toca, ni modo — respondió Sagi, juntando su espalda con la de Mérida.

—¿Lucharías a mi lado? — preguntó Mérida.

—Completamente —respondió Sagi—. ¿Y tú? —

—Completamente segura —afirmó Mérida con determinación.

 

Pero cuando dejó de sentir la espalda de Sagi contra la suya, supo que algo andaba mal. Se volvió, pero no había nadie. En lugar del joven, una esfera de fuego dorado se precipitó contra su pecho, haciéndola desvanecer. Mientras perdía el conocimiento, una voz etérea decía:

—<< ¡Sagitario, despierta! ¡Sagitario, despierta! ¡DESPIERTA!>>—

 

Al mismo tiempo, sonaron siete campanadas en la lejanía.


[…]

 

Mérida despertó en su castillo. Sabía lo que tenía que hacer y era consciente de que no tenía tiempo. Se levantó de la cama, se puso el primer vestido que encontró y salió rápidamente de su habitación. Tan pronto como estuvo en el pasillo, corrió hacia la escalera principal, la más transitada del castillo. Por fortuna, estaba desierta. Aun así, debía ser cautelosa, pues esa escalera conducía directamente al comedor.

Bajó con cuidado hasta llegar a la puerta del comedor. Como todos los días, su padre se atiborraba de comida, mientras su madre lo observaba con una mezcla de asco y genuina preocupación.

—¡FERGUS, DEJA DE TRAGAR Y PIENSA EN TU HIJA! — proclamó ella.

—Tranquila, mi amor. Ella estará bien — respondió Fergus.

Mérida sintió el impulso de entrar y abrazar a sus padres por todo lo que le habían dado, pero eso la distraería de su misión. En vez de eso, juntó sus manos en un semicírculo y, al moverlas en sentido contrario a las manecillas del reloj, todas las velas y algunas antorchas se apagaron, sumiendo el comedor en la oscuridad. Aprovechando la confusión, Mérida escapó.

Finalmente, al salir del castillo, se encontró con su último obstáculo: la reja levadiza que protegía la fortaleza de cualquier amenaza. La adolescente relajó su cuerpo y respiró profundamente tres veces. En la última exhalación, escupió una columna de fuego tan poderosa que derritió el acero de la puerta. Al ver aquello, la pelirroja cerró la boca y exhaló con fuerza, recuperándose de aquella demostración de poder. Sin demora, reanudó su carrera.

Una vez fuera de los límites del castillo, se dirigió al bosque tan rápido como pudo. Al llegar, el bosque parecía más vivo de noche que de día. Cuando alcanzó el claro, un gran ciervo se inclinó ante su presencia:

—¡Es un honor servirle! —

—Saben lo que deben hacer — dijo Mérida.

—Protegeremos este bosque con nuestras vidas — aseveró el ciervo.

Mérida no añadió nada más. Solo esperó a que se abriera el portal que la guiaría a la tierra de Blanca Nieves. Cuando este apareció, lo cruzó con valentía y apareció en un bosque completamente distinto al suyo. Aquí, por fin, pudo transformarse en Sagitario y cabalgar a toda velocidad hacia el claro donde la esperaba Bella. Al llegar, la otra mujer comentó sin abrir los ojos:

—Haces mucho ruido. —

—Tal vez — respondió Mérida, volviendo a su forma humana.

—Blanca Nieves debería llegar en cualquier momento — expresó Bella, que aún meditaba.

Mérida no respondió. Simplemente se sentó al lado de Bella en posición de loto y se unió a su meditación, aguardando en silencio la llegada de su líder.